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viernes, 7 de septiembre de 2007

All'alba vinceró (Al Alba venceré)

"Siempre admiré la gloria divina de su voz, ese timbre inconfundible, desde las notas bajas hasta lo más alto del registro de un tenor. Rompieron el molde después de hacer a Luciano".
-Plácido Domingo (tenor y director de orquesta español).

"Fue la voz más hermosa del siglo 20. Siempre fue mi ídolo absoluto, no sólo en la sala de ópera, sino también en los estadios".
-Juan Diego Florez (tenor peruano).



El día de ayer justo cuando llegaba a mi oficina, lo primero que vi en los diarios fue la muerte del Gran
Luciano Pavarotti. El gigante de Modena, Italia, falleció a los 71 años de edad como consecuencia de un cáncer pancréatico que lo aquejaba desde hacía dos años aproximadamente.

No quisiera profundizar acerca de su mal llamada "revolucionaria forma" de acercar la lírica a "las masas"; o que joven quiso ser futbolista; o que en verdad era un tenor lírico, pues no era muy docto en la lectura de la partitura; en vez de ello, quisiera versar en lo siguiente:

¡Claro [obvio] que su voz era única! También erá limpia, llena de vigor, y emocionaba [me gusta también la palabra estremecía], incluso hasta las lágrimas a cualquiera que lo escuchase, aún si no entendías una palabra de italiano, napolitano, francés, o latín.

En lo personal, me era inclusive sí su canto se había vuelto "comercial" porque le daba lo mismo cantar con Michael Bolton [esto último sí fue aterrador], Frank Sinatra o Bono (Children of Sarajevo), que con cualquier compañía de ópera del mundo; o si los llamados tres tenores (en conjunto con Josep Carreras y Plácido Domingo) eran en realidad los "tres terrores"...

Quizá lo que sus acérrimos críticos nunca comprendieron es que la música, en este particular, la ópera es y será siempre un espectáculo, El Gran Espectáculo, para el cual, citando la letra del aria Vesti la Giubba (el video que aparece a continuación), el intérprete tiene necesariamente que "ponerse el traje"; ya sea de payaso (Canio - I Pagliacci), príncipe chino (Calaf - Turandot), gitano español (Manrico - Il Trovatore), poeta (Alfredo - La Travita; Rodolfo - La Bohème), duque (Rigoletto), campesino (Nemorino - L'Elisir d'Amore), soldado de un regimiento (Tonio - La fille du Régiment), pop star o embajador de las Naciones Unidas... de cualquier manera era un deleite verlo y escucharlo.



Es más, en la última presentación masiva que tuvo (la inauguración de los Juegos Olímpicos de Torino 2006), aún cuando ya se veía visiblemente disminuido, no sólo sorprendió el que estuviese presente en el evento, sino que entonó, como era característico en él, un bellísimo Nessun Dorma.

No se si el Gran Tenor de la segunda mitad del siglo XX pensó que aquella sería la última vez que entonaría la emblemática ária de
Turandot, pero curiosamente, su muerte llegó cuando despuntaba el alba. Me gustaría creer que entre algunos de sus últimos pensamientos estuvieron, parafraseando un fragmento de ésta: "Dilegua, o notte!... Tramontate, stelle! Tramontate, stelle!... all'alba vinceró" (¡Disípate, oh, noche! ¡Tramontad, tramontad, estrellas! que al alba ¡venceré!).

Se fue el Gran Luciano, pero nos deja un amplio y maravilloso legado musical, mismo que, como muy sabiamente dice hoy Carlos Montemayor, en su artículo en La Jornada, es "un refugio para la alegría".



viernes, 17 de agosto de 2007

Turandot en el Auditorio Nacional

Io sono, Io sono felice...

¡La he vuelto a hacer! Gané otra trivia. Esta vez, cortesía de OCESA y de Excélsior, fui noche, acompañado de mi amiga Beth, a ver Turandot con la compañía de ópera del Teatro Colón de Buenos Aires en el Auditorio Nacional.

Así que antes de que el amigo Escribicionista ponga en su bitácora la profesional crítica de la misma [y que tambíen se podrá leer seguramente en Pro Ópera... ¡comercial!], me permito postear mis impresiones del bello espectáculo presenciado.

La gigantesca adaptación escenográfica a cargo de Rolandro Zadra y José Luis Fiorruccio, está inspirada, por su puesto, en la cultura china, particularmente en los Guerreros de Xi'an (mejor conocidos como los caballeros de terracota).


Repito, fue gigantesca dado que el escenario estaba flanqueado por tres de esos colosos así como de un gigantesco dragon dorado y otro dantesco gong, que la hacía las veces de ventana para mostrar a la caprichosa princesa Turandot.

Sobre la música, qué puedo decir, la obra inconclusa de Giacomo Puccini es bella, ágil, sublime y la dirección de la orquesta a cargo de Salvatore Caputo fue sencillamente correcta. Aqui debo señalar que observé un muy, pero muy agradable cambio. Me explico:En México la máxima (y a veces pareciera única) casa de ópera es el Palacio de Bellas Artes. Tristemente, la gente que asiste a ver ópera --no todos, debo de precisar--, tiene el mal hábito de aplaudir a TODO, sí, desde la overtura, cada aria, recitativo... todo (por si quedaba alguna duda), por lo que no se puede disfrutar una escena sin que haya interrupciones.

Pero en esta ocasión afortunada, no fue así ¿Acaso acudiría un publicó más educado en la lírica? ¿Sería que dados los altos precios del boletaje (entre $400 y $1,600 pesos) cohibieron a los asistentes al punto de evitar mostrar sus habituales expresiones de reconocimiento? ¿O sería debido a que la puesta en escena era de origen argentino, que los mexicanos pensaron [espero que esta última teoría no sea correcta] que dado que nuestros hermanos sudamericanos se caracterizan por ser "sencillitos y carismáticos", era mejor palmear hasta el final?

Ahora bien, sobre los cantantes: el tenor José Luis Duval, quien interpretó el protagónico, Calaf, cantó, a mi parecer, bien; sin embargo, se mostró algo temeroso y falto de pasión al entonar el tan famosa Nessun Dorma; en contraste, la que se llevó la velada, fue la soprano argentina Paula Almerares en el papel de Liù, quien lució no sólo vocal, sino escénicamente, y fue quien se llevó las mayores ovaciones del público.

Con respecto al vestuario y las máscaras de Ping, Pang, Pong, y claro, de Turandot, también fueron algo verdaderamente bello; sin embargo, el movimiento de los actores en un escenario tan GRANDE, minimizaba tanto sus accesorios como su presencia.

Ello me lleva lo siguiente: hay un refrán que dice que "a equino objeto de obsequio, no se le observan los incisivos", que es lo mismo que "a caballo regalado no se le miran los dientes"... sin afán de mostrarme como un desagradecido, debo puntualizar que el Auditorio Nacional NO ES UN ESCENARIO ADECUADO para la ópera debido en mucho a que la distancia entre las butacas (o como quieran llamarles) y el escenario es tal que, a menos que el espectador lleve consigo unos catalejos, no podrá disfrutar esos grandes pequeños detalles como son la expresión corporal y facial de los cantantes; y si a eso le sumas que el superletraje se encuentra al centro, y las pantallas en los costados del recinto, inevitablemente acabarás mareado (si ves el espectáculo en la planta baja) y/o con una ligera tortícolis (si estás en el primer piso).

Además, hubo un par de bocinazos [conté ocho microfonos ambientales en la parte frontal del escenario], y algunos de los cantantes como Gabriel Centeno (Pang), en momentos no se escuchaban al mismo nivel que el resto de los protagonistas; aunque lo compensó con una muy agradable y jocosa actuación.

Vinceró, Vince-e-ró.

lunes, 16 de julio de 2007

Nessun Dorma (Nadie Duerma)

La semana pasada me preguntaba la niña Alejandra que sí había visto en las noticias a un tipo que había ganado un reality show en Gran Bretaña (Britain's got talent) y que había conmovido al mismísimo Simon Cowell, el duro crítico de American Idol, [ello fue también una noticia en sí] con una "canción de ópera".

Mi inmediata respuesta fue que no había tenido la oportunidad; pero cual investigador, me di a la tarea de googlearlo [del inglés, "google him"]. En consecuencia, vi algunas de las presentaciones de éste vendedor de teléfonos celulares del sur de Gales, Paul Potts, y me asombró no sólo su timbre, sino también su historia de vida.

Sin embargo, mientras veía en Youtube el vídeo de la final, me puse a leer algunos de los comentarios que dejan los usuarios, y claro, las comparaciones de este novel cantante con Luciano Pavarotti no se hicieron esperar. Por supuesto que ésto último es algo verdaderamente absurdo [aclaro que no soy profesional de la crítica operística, ese trabajo se lo dejo a mi amigo, el grande Escribicionista]; reconozco que sí soy fan del gran tenor italiano, por lo que me entró una especie de celo, así que me di a la tarea de navegar dentro de la página más popular de internet para ver videos, para disfutar de su interpretación de ésta aria, quizá la más conocida de Turandot: Nessun Dorma.

Dicha ópera de Giácomo Pucinni cuya trama se desarrolla en China, trata de una princesa, Turandot (voz de soprano), quien antes de aceptar contraer matrimonio con algún príncipe, les impone tres enigmas a resolver, pero si el pretendiente fallaba en alguno de éstos, no sólo no podrían obtener la mano de la caprichosa, sino que también pagarían su error con la muerte.

Mientras trascurre la historia, uno de estos gallardos caballeros, Calaf (voz de tenor), se "anima" a enfrentar el reto de la princesa de hielo y lo resuelve exitosamente, pero él también la reta adivinar su nombre antes del amanecer; si ella lo resuelve, Calaf gustosamente morirá; de lo contrario, Turandot deberá que aceptar su destino y casarse con él sin objeciones.

Es precisamente en el marco de este reto en que se desarrolla el aria Nessun Dorma (Nadie duerma), ya que la princesa ha ordenado que no se concilie el sueño sino hasta que alguien averigüe fielmente cuál es el nombre del hasta entonces príncipe desconocido.

Así, mientras los pobladores se lamentan, Calaf declama que espera que amanezca pronto para que así, la inconmovible princesa pueda finalmente ser suya.

Vaya, es una canción de una gran belleza y emotividad, y no por nada es utilizada para simbolizar el triunfo de un amor que pareciera imposible [favor de ver el filme The Mirror has Two Faces], ah... y también es el aria favorita de Pavarotti.

Disfrútala a continuación con subtitulaje al español (da click en la imagen).


sábado, 25 de marzo de 2006

El Ocaso más Bello

Concluye con El Ocaso de los Dioses la puesta en escena de El Anillo del Nibelungo, en el marco del XXII Festival de México en el Centro Histórico.

Por José Luis Núñez

Hace cuatro años, Sergio Vela logró lo que se parecía impensable: montar en el Palacio de Bellas Artes la primera entrega de la Tetralogía de El Anillo del Nibelungo (Der Ring Des Nibelungen).

Tras El Oro del Rhin (Das Rheingold) en 2003, seguido de La Valquiria (Die Walküre) en 2004, y Sigfrido (Siegfried) en 2005, Vela no sólo ha acallado a sus detractores, sino que se ha consolidado como el gran presentador de la ópera en México y como un director creativo e innovador en la forma. Este año, el ciclo se cierra con la presentación de la última entrega de esta obra cumbre de Richard Wagner (1813-1883): El Ocaso de los Dioses (Die Götterdämmerung).

Ayer se presentó el ensayo general y tal y como ya nos ha acostumbrado el mencionado director artístico, se conjuntó la sencillez y la movilidad escénicas desarrolladas por Jorge Ballina Graf, la intemporalidad de los personajes y la alta tecnología en una especie de conjunción cine-teatro, donde se mantiene la continuidad en los recursos visuales como la delimitación del escenario a la forma de un círculo que representa al anillo y que proyecta a éste como narrador y punto de observación; así como la proyección de los elementos de la naturaleza, clave en el desarrollo de la historia: el agua, que representa al Río Rhin; el fuego, que simboliza al castigado dios Loge y la destrucción; y la vegetación que hace alusión al elemento del Fresno del Mundo.

También vuelven las máscaras diseñadas por Jorge Ballina Garza, las cuales, de acuerdo con la cosmovisión de Vela, evocan los inicios del teatro y tragedia griega, congelan la expresión de los personajes, y destacan sus virtudes o defectos. En El Ocaso de los Dioses, se incorporan el personaje de Hagen, cuyo disfraz lo hace parecer un jabalí; y los príncipes Günther y Gutrune, de facciones más humanas y que les refleja vulnerables y manipulables.

El Ocaso inicia, de una forma muy diferente a sus antecesoras. El panorama es lúgubre y desolador. La maldición del Anillo ha vuelto locos a los dioses, quienes han talado el Fresno del Mundo y han colocado sus leños en la galería del Palacio Valhala para alimentar el fuego de la chimenea, sin saber que ello acarreará su propia destrucción. Por otra parte, Wotan, el dios principal, se encuentra devastado por haber exiliado a su hija Brunnhilde a una colina rodeada por las llamas del dios Loge, y por haber sido vencido en combate por el humano -welsungo- Siegfried, de cuya batalla conserva como recuerdo los trozos de su lanza sagrada.

De esta forma, las tres Nornas, oráculos de la mitología germánico-escandinava, narran los eventos más destacados ocurridos en las tres partes anteriores de la tetralogía como son la Construcción del Palacio Valhala; el robo del Oro del Rhin, por parte de Alberich, a las Ondinas; el forjado de la espada de Nothung con la que posteriormente también Siegfried mató al dragón Fafner y logró para sí el Anillo; y el secreto de la mujer encerrada tras las llamas (la valquiria Brunnhilde) quien sólo podrá salir hasta que un hombre sin miedo (Siegfried) la desvirgue.

Como es característico en la obra de Wagner, musicalmente, el rol de cada personaje es reforzado por el recurso del leit motif (hilo conductor), de tal forma, cuando ocurre algún asesinato, los acordes que hacen referencia a la maldición del Anillo toman un tono agresivo que es secundado por los cornos y demás instrumentos de aliento-metales, mientras que visualmente, se puede observar, repentinamente, el cambio de color áureo a carmesí en el gran anillo que está puesto digitalmente en la pantalla del escenario.

También, cuando en el desarrollo de la obra se está cerca del Río Rhin, los instrumentos que sobresalen son los de aliento como flautas y clarinetes, así como los de cuerda: violines y arpas, y algunas percusiones como el triángulo que, reforzadas con tres voces femeninas _soprano, mezzo y contralto-_, reflejan la vida marina y el clamor de las Ondinas, quienes aparecen “nadando” suspendidas por los aires, mientras que el proyector arroja en tonos verde-azulados imágenes que hacen recordar al vital líquido.

La conjunción de los elementos actorales, escénicos, musicales y visuales hacen ver, de un modo integral, esta fantasía mitológica digna de los mejores teatros de Ópera a nivel mundial.

Aunque esta vez no hay caballos voladores, ni dragones de piedra, para “apantallar” al espectador. Es de destacar la escena de la muerte de Siegfried, conmovedora y desgarradora, como consecuencia de su traición a la mujer amada y que reafirma que, aunque exista el arrepentimiento, éste no borrará las consecuencias de la infamia cometida.

Pero como en toda buena historia, el orden debe ser restablecido. En este caso el Anillo, para ser purificado de su maldición, debe regresar a su punto de origen: el Rhin. Para ello, también se habrá de hacer el supremo sacrificio que llevará al fin de una era y al comienzo de otra.

Regresa al papel estelar de Siegried, el tenor norteamericano Peter Svensson. El resto del elenco está conformado por cantantes extranjeros como la soprano Ursula Prem, quien interpreta a Brunnhilde; el barítono Andrea Silvestri, en el papel de Hagen -quien, por cierto, se llevó la mayor ovación del público-; y Elena Petranova, como Gutrune; así como destacados intérpretes mexicanos como el barítono Jesús Suaste, quien vuelve una vez más en el rol del elfo Alberich; el tenor Jorge Lagunes como el príncipe Günther y las sopranos: Irasema Terrazas, Carla López Speziale y Encarnación Vázquez como las Ondinas.

El Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes son dirigidos magistralmente, de nueva cuenta, por Guido Maria Guida; el vestuario está a cargo de Violeta Rojas; y la iluminación es de Víctor Zapatero. Todos ellos, en conjunto con los Jorges Ballina, conforman el equipo con el que Vela ha trabajado desde hace ya casi seis años cuando comenzó la preproducción, y desde hace cuatro cuando se concretizó el montaje de Der Ring des Nibelungen.

En conferencia de prensa, Sergio Vela adelantó que se realizará un DVD con la recopilación de las cuatro partes de la obra wagneriana, así como un libro bellamente ilustrado con todos los detalles de la producción.
El Anillo del Nibelungo: El Ocaso de los Dioses (Die Götterdammerung)
Palacio de Bellas Artes. XXII Festival de México en el Centro Histórico.
Funciones: Domingo 26, Jueves 30 de Marzo y Domingo 2 de Abril, 17:00 horas
Costo: $1300, $900, $450; $390 y $100 pesos.
Duración: 5 horas 30 minutos, más dos intermedios de media hora.


Publicado también en CIO.