martes, 7 de junio de 2011

Mis desastres culinarios

En estos días en los que he estado animándome a mejorar mis dotes culinarias. Me he puesto algo nostálgico recordando los días en los que ni por equivocación mis padres me dejaban estar más de cinco segundos en la cocina. Y es que era sumamente torpe, todo se me caía, rompía... [you've got the big picture already].

Además, cuando me encontraba sólo en casa, gustaba de hacer diversos experimentos, especialmente con el horno de microhondas. A la fecha, por ejemplo, mi madre no perdona –ni olvida– que le eché a perder un juego de platos (unos de vidrio y otros de plástico) que quedaron deformes por mis intentos de hacer rocetas de maíz (palomitas) [sí, las semillas, no las bolsitas que te venden de ACTII y semejantes] con queso fundido; o huevos cocidos (sin hervirlos); y ya no hablemos de lasagna... con papel aluminio.

[Comercial: debo destacar la sorprendente calidad del horno (era MABE), pues pese a todo, jamás se descompuso... al menos no irremediablemente, lo cual me salvó, without a doubt, de numerosas reprimendas físicas].

Mención aparte merecen mis intentos fallidos de hacer chilaquiles [que a la fecha no he podido superar]. Como he mencionado aquí, aquí, e incluso aquí [el más grande atentado gastronómico... ever], adoro este platillo. Pero, la primera vez que los hice: se quemaron; la segunda, se batieron; y la tercera... bueno, se quemaron de abajo y se batieron de encima. En palabras de la querida Walküre, parecían "vomitada de borracho".

Y la mejor, otro más de mis "osos": mi primer pastel. Justo cuando lo preparaba recibí una llamada telefónica, y por distraerme, le puse sal en vez de azúcar. El producto final: aunque a la vista bastante estético; a no ser que sufrieras de una deshidratación crónica, no le habría recomendado ni a mi peor enemigo el probar siquiera un bocado.

El pasado jueves –era una calurosa tarde– tuve la genial idea de preparar agua de limón con pepino [había visto cómo la preparaban numerosas veces cuando trabajaba en Hogar Dulce Hogar]. Lavé los pepinos, los partí y los metí en la licuadora, e hice lo correspondiente con los limones. Tras licuarlos, los colé en un cedazo y el líquido restante lo puse en una jarra a la que le añadí agua, hielos y azúcar.

Me senté a comer [había preparado un sofrito con camarones y un rissotto con hongos shitake]. Todo había quedado delicioso, lamento decir. Sí, lo lamento porque fue entonces cuando –en una de esas clásicas ocasiones en las que tragas más de lo que puedes masticar– decidí beber el agua. Fue sumamente desagradable. Fue peor que comer maror en Pesaj y combinarlo con cualquier analgésico en polvo todo eso en la lengua. Instantáneamente corrí a vomitar. Obviamente, se me quitaron las ganas de comer y tiré toda la bebida.

Moraleja para las y los tragaldabas: si agua con limón quieres hacer, retirarle las semillas primero será tu deber; ah, y si su cáscara piensas dejar, bébela inmediatamente o lo vas a lamentar.

lunes, 23 de mayo de 2011

Habemus MacBook Pro


No había tenido la ocasión de comentar. Pero desde hace dos semanas soy el feliz y orgulloso dueño de mi sexta computadora (en lo que llevo de vida).

Sólo para esta bitácora, la lista es la siguiente:


1. Compaq Presario all-in-one con procesador 486SX; Windows 3.1; 16 MB RAM; 200 MB en HD, monitor VGA de 13'' y unidad de diskette de 3 1/2''. Me acuerdo que le costó a mis padres $6 millones de viejos pesos.

2. "Quak" –es decir, una computadora armada– con procesador Intel Pentium II; Windows 95; 32 MB RAM; 500 MB en HD, monitor VGA de 13'', unidad de diskette de 3 1/2'' y lector de CD. Se la compró mi papá a un comerciante que ponía los anuncios de sus productos en periódicos.

3. BTC –al final del día era también de "marca patito"– con procesador AMD Athlon; Windows 98SE; 64 MB RAM; 2 Gigabytes de HD, monitor SVGA de 17''; unidad CD-RW y fue la primera computadora que tuve con reproductor de DVD.

Irónicamente, pese a ser armada, fue la computadora más costosa que compraron mis padres (la compraron en Liverpool Polanco). Destino final: se la vendí al amigo Moraga.


4. Apple iMac G4 con OSX 10.1 (lo escalé hasta 10.3.9); 256 MB RAM; 60 GB de HD; monitor CRT flat de 15''; unidad combo DVD/CD-RW. Fue la primera que adquirí con mis primeros sueldos, claro, apoyado parcialmente por mis padres. 

A la fecha la conservo para ver películas, además de que considero que su arquitectura y diseño son simplemente impecables.

5. Apple MacBook White con OSX 10.4 (lo he escalado hasta 10.6.7); 512 MB RAM (lo expandí hasta 2.5 GB RAM); monitor CRT de 13''; unidad DVD-R; 120 GB de HD. Cabe destacar que fue mi primera laptop. Me la obsequió mi papá poco después de que terminé mi primera licenciatura y, –of course– fue motivo de un post es este blog. Destino final: se la vendí a la mamá [voz en off: tradición (Cf. The Fiddler on the Roof movie)].

Sirva todo lo anterior para presentar ante ustedes [redoble] a mi nueva y hermosa:


6. MacBook Pro con OSX 10.6.7; con 4 GB RAM; monitor LED de 15''; unidad DVD-R: 500 GB de HD [add a Wide Smile]. Y sí, es una joya del diseño. y como consta en el post anterior ya la he estado "customizando" un poco en estos días. Lo mejor fue el sistema de migración incluido ya que toooodo lo que tenía en la Mac Blanca pasó íntegramente a su ahora sucesora.

¡Gracias, Dios! Pues si no hubiese renunciado a mi anterior trabajo no podría tener ahora esta estupenda nueva herramienta de trabajo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Del olvido al ya recuerdo

¿Alguna vez les ha pasado?

Este lluvioso día tomé un taxi, me dispuse a charla con el conductor acerca del informe presidencial, resulto bastante entretenida la plática.

Pero como 10 minutos después de que llegué a casa me si cuenta que dejé olvidado mi paraguas. Por cierto el tercero que compro en dos meses... Creo que mi memoria no da para conservar esta clase de accesorios.


-- Desde Mi iPhone.

viernes, 20 de agosto de 2010

Ahora resulta...

Blogueando desde Ciudad Juárez, Chihuahua.

Estoy que no quepo en mi... bueno, algo así.

Resulta ser que en ésta mi segunda gira de trabajo por esta frontera: tierra de los burritos, de Juan Gabriel, El Chamizal (territorio recuperado por México en 1967), de la excelente crónica de viajes del amigo escribicionista, y de otras cuestiones mucho menos agradables como Las Muertas de Juárez, Manuel Espino etc., debido a su privilegiada posición geográfica, es posible conseguir con relativa facilidad algunas bebidas que en el DFectuoso serían casi imposibles, a saber: D&W y Coca-Cola Classic [en esta categoría habría entrado hasta hace algunos meses el Dr. Pepper, pero ya es posible conseguirlo hasta en el STC Metro].

Sí, así es, la Coke gringa pues, aunque ustedes no lo crean, sabe muuuuy pero muuuuuy diferente a la que consumimos en México. No mejor, ni peor, simplemente diferente y pues sólo me resta decir que soy fan.

[Nota: llevaba toda la semana buscando las referidas bebidas mientras hacía una obligatoria escala técnica en la que degustaba, -generalmente- un burrito de "guisada", cuidando, of course, que la corbata del día no se ensuciara].

Bueno, bueno... pero ello no es el tema central de este post sino que, justamente cuando me encontraba pagando mis bebidas a los vendedores de un puesto ambulante, ubicado frente a una de las naves industriales de la zona más septentrional de la ciudad, escuché decir claramente a una señora de unos cincuenta y tantos años, sin un diente frontal superior [chimuela, pues]: "Miiijo, dele este cambio al mushasho doctor" [Cf. añada acento chihuahuense, es decir, sustituya la "ch" por "sh"] .

Obviamente, me quedé con la cara Josef #222 [I beg your pardon? / ¿Escuché bien? / pardone-moi?] . Y sí, lo esuché de nuevo. Inmediatamente el obediente pre-adolescente me entregó las monedas con un claro: "aquí tiene, doctor". Luego, la señora en cuestión hace el favor de interrumpir mi ausencia mental y me dice: "Pues qué, ¿a poco no es usted doctor?".

Le respondo que no, que soy (un simple y mortal) periodista-internacionalista. "¡Ah!... ¿y eso qué es?".

(Plop)

martes, 1 de diciembre de 2009

Dando un review acerca de mi experiencia con City Pass

El año pasado tuve la bendición de estar cuatro días en una ciudad de los Estados Unidos, la cual solamente anhelé visitar casi 15 años... sí, media vida.

Bueno, la razón por la que me animé a escribir este post, tras casi seis meses de ausencia [debería renombrarlo como "El blog abandonado de un gourmetragalabas] fue que, le compré un City Pass de Nueva York a una de mis mejores amigas y a la hora de comprarlo, con la misma tarjeta que utilicé en aquella ocasión en que fui a Toronto, Canadá, y mi amada ciudad de Atlanta, Estados Unidos, quiero creer que su sistema me "identificó" y me sugirió que diera mis impresiones de su producto.

Lo que me sorprendió fue optaron poner en su sitio únicamente la reseña que hice de las "atracciones turísticas" de Atlanta [mmm... editores]. Pero bueno, espero que de perdida me gane algún premio, soñar no cuesta nada.

lunes, 15 de junio de 2009

¿Terrorismo Gastronómico o variante de violencia doméstica?

La siguiente es una historia verídica.

Sábado por la mañana. A minutos de salir para la Ibero.

-¿De quién son esos chilaquiles que están en la cocina? -preguntó el que suscribe este post-
-Los compró tu papá ayer -respondió a la distancia la "madre querida"- ¡Ahhh!... pero como no los metí al refri [nevera o añada el modismo mas ad hoc de su país] a lo mejor ya están echados a perder -añadió-.

Una vez que el buen Josef destapó el traste de poliestireno, suspiró ante la triste realidad de que tal vez se había quedado sin desayuno y, resignado, regresó a su recámara para terminar de empacar sus libros y demás parafernalia.

Mientras ello ocurre, y sin que el ya no tan joven hijo se diera cuenta, la amorosa progenitora se aprestó rumbo al desayunador, abrió la alacena, sacó algunos enseres, escogió una sartén, mismo que puso a fuego bajo y comenzó a preparar lo que sería su solución a la quizá involuntaria omisión de la noche anterior.

Minutos después...
-¡Ya está servido, ven a sentarte! -replicó mamá-.
-¡Ah, gracias, ma! -dijo el sorprendido vástago-.

Mientras se dirigía hacia lo que sería su primer alimento del día, nuestro protagonista meditaba sobre la rapidez con la que fue resuelto el primario dilema, ello debido a que él mismo había revisado momentos antes el frigorífico sin hallar nada en éste que pudiera haberle apetecido. Cuando llegó al comedor, tal se encontraba debidamente preparado: con la manteleta, los cubiertos debidamente ordenados, la copa con jugo de toronja, y un plato cubierto con una tapa plástica que preservaba el calor de lo que se veía como un suculento huevo revuelto con tortillas de maíz, mientras que del cuarto contiguo comenzaba a despedir el agradable aroma de café recién preparado [costaricense, of course].

-Mmm... pero que bien se ve esto -pensó el gourmetragaldabas al tiempo que depositaba su mochila en otra silla-.

Con su mano izquierda tomó el tenedor, llevó el primer bocado a la boca e inmediatamente, y justo cuando comenzaba a masticar, su temperatura corporal se elevó de súbito y sus fosas nasales comenzaron a emitir mucosa copiosamente. "¡Agua...! ¡Pan...! ¡Queso...! ¡Pan...!" -buscaba despesperado y completamente confundido el comensal mientras que el ardor en la lengua y los oídos se hacía cada vez más insoportable-.

Mientras tanto, en la sala de la casa, el padre de Josef contemplaba absorto la escena. "¿Qué te pasa? Oye, pero ¿por qué estás comportándote como troglodita... si se te hizo tarde para irte a la escuela... es tu culpa", decía. "¡Pan...! ¡Leche...! ¡estoy... enchilado!" -interrumpió balbuceante el hijo-.

Momentos después, padre e hijo preguntaron, impavidos: "Pues ¿qué le pusiste a ese huevo con tortilla?"
-Chile habanero -respondió con naturalidad la madre-
-¡¿Qué? pero ¿cómo haces eso, si tu hijo no come chile?! -Interrogó una vez más el padre de familia-.
-Pues quería chilaquiles, ¿no? -sentenció muy segura de si misma la esposa, sin reparar en las consecuencias de sus acciones-
-¿Y cuántas gotas de chile le pusiste, si se puede saber? -terció el hijo-
-Ah, pues como no había jitomates, le puse mucha, para que te quedara como salsa -externó nuevamente quitada de la pena la mamá-.